Una conversación con Roberto Batista sobre su libro 'Hijo de Batista', publicado por la editorial Verbum

"Los dos grandes errores de mi padre: el golpe de Estado del 52 y liberar a Fidel Castro en el 55"

Roberto Batista publica 'Hijo de Batista' (Verbum), donde cuenta sus recuerdos familiares y enfrenta "las luces y sombras" del régimen de su padre

Roberto Batista, uno de los hijos de Fulgencio Batista y autor de 'Hijo de Batista' (Verbum). (Cortesía)
Roberto Batista, uno de los hijos de Fulgencio Batista y autor de 'Hijo de Batista' (Verbum). (Cortesía)

El abogado Roberto Batista (Nueva York, 1947) no hizo mucho caso al principio a sus amigos cuando le dijeron que tenía que escribir un libro. "Yo, que desde mi bachillerato no había escrito, decía: pero escribir qué y sobre qué, ¿a quién le interesa mi vida?", cuenta a 14ymedio. Sus amigos le respondieron: "Tu apellido es parte de la historia de Cuba y tu testimonio es necesario para las futuras generaciones; tienes que hacerlo por deber histórico". Tiempo después, el libro, que acabó llamándose Hijo de Batista (Verbum), le salió solo, "con mucho dolor y mucho desconsuelo".

En él se enfrenta, con dudas imposibles de resolver, a la figura de Fulgencio Batista, para la que pide un juicio justo. "Mi padre, hombre político, tuvo sus virtudes y sus errores", escribe su hijo en un pasaje. "Salió de la nada y, con enormes esfuerzos, supo superarse hasta alcanzar cimas insospechadas y sin duda debió tomar decisiones y ejecutar acciones discutibles y discutidas".

Por eso, reflexiona, "no queda más remedio que la obediencia a los textos constitucionales. Es ahí donde se demuestra la madurez política de los pueblos. Mi padre incumplió este propósito y este error pasó una factura cara".

Hijo de Batista muestra, reconoce él, "una herida abierta".

Pregunta. Lejos de ser una exoneración de su padre, en el libro lo cuestiona críticamente. Se refiere en algún momento a "su tragedia griega": tener ante sí "una extraordinaria figura paterna confrontada con el hombre público que, desde los más altos reconocimientos, en un momento dado, estropeó al hacerse ilegítimamente con el poder". ¿Dónde estuvo el error de Batista?

Respuesta. Puedo decirle los dos grandes errores, los únicos que importan a la historia de Cuba: el primero, el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, y el segundo, haber liberado a Fidel Castro de la prisión de Isla de Pinos en el año 1955.

El Gobierno de mi padre, en su última etapa, convirtió a Cuba en la tercera potencia económica de la América de aquel entonces, eso hay que reconocérselo

P. De esos temas, usted lo deja claro en el libro, no hablaba con su padre, a pesar de haber muerto él cuando usted ya era un adulto de 26 años.

R. Desde que salí de Cuba, aquella fatídica noche del 30 de diciembre de 1958, que describo en el libro, sufrí un shock que me impidió hablar de temas cubanos hasta 1998. Y recuerdo esta fecha: era una noche que me quedé trabajando hasta muy tarde y me vino como una inspiración: ¿por qué no puedo hablar de Cuba, por qué no puedo aprender de mi país, por qué no puedo revisar lo que fue la historia de aquellos años tan turbulentos? Mi padre sí intentaba decir las cosas con cierta frecuencia, pero yo no respondía a su deseo de seguir la conversación.

Sí nos dijo una cosa con mucha claridad: que por algo él había escrito los libros que escribió en el exilio, porque esos libros recogen verdades y hechos históricos, muchos de ellos basados en estadísticas internacionales. El Gobierno de mi padre, en su última etapa, convirtió a Cuba en la tercera potencia económica de la América de aquel entonces, eso hay que reconocérselo. Para mí, el Gobierno de mi padre tuvo dos etapas: del 52 al 54, después del golpe de Estado, fue dictador, con poder absoluto; sin embargo, a partir del 54, lo eligen presidente, y si bien es verdad que la oposición no acudió a las elecciones, sí había senadores y representantes de la oposición en las Cámaras de Cuba, y él restableció la Constitución de 1940 con todas las garantías. Eso está reconocido. Fue en ese período, tan fructífero, que lanzó a Cuba a su prosperidad más grande conocida.

P. Usted no rehúye la polémica. Por ejemplo, sobre la presunta corrupción de Batista, reconoce: "¿Abusó tanto del poder, malversó dinero público? ¿Corrupto, tirano? Mi corazón de hijo me dice que en casa fue un gran padre, comprensivo, amante del hogar y muy tierno. Sin embargo, su fortaleza interior le pudo haber jugado una mala pasada y quizá traspasó los límites de lo que constitucionalmente le estaba permitido".

R. Mi padre era un emprendedor nato, un hombre de una fuerza interior de mucha pujanza, y ello le llevó a cometer ese golpe de Estado. A veces se traspasaban los límites, pero hay que tener en cuenta que en aquella Cuba había elementos muy perturbadores, sabotajes en las ciudades, atentados, una oposición que continuamente abogaba en contra del Gobierno, y se creó un orden público completamente desesperado. En una Cuba que prácticamente ya había entrado en una guerra civil se cometieron atropellos por ambas partes. Pero nunca fue verdad, como llegó a decir la revista Bohemia y después se desmintió, que mi padre había ocasionado 20.000 muertos. Entre un bando y otro no se ocasionaron más de mil, y eso también está probado.

La figura pública de mi padre ha sido en un 80% o más producto de la propaganda castrista. Por lo tanto, hay mucho de mentira

P. Es muy rotundo también sobre las acusaciones de connivencia con la mafia. Usted dice: no hay pruebas. Pero claro, ahí está la imagen instalada en el imaginario colectivo, en gran medida por películas como El padrino.

R. La figura pública de mi padre ha sido en un 80% o más producto de la propaganda castrista. Por lo tanto, hay mucho de mentira. Es más, hay un trabajo académico de un profesor de historia en una universidad de New Jersey donde se prueba que Batista no tuvo nada que ver con la mafia. Esta ficción hollywoodense dio lugar a interpretar a mi padre de una manera que les convenía, porque a la propaganda castrista le venía muy bien crear la imagen de un Batista mafioso. Es otra falacia de las muchas que se han dicho acerca de mi padre. Y fíjese usted, yo no soy un hijo que diga "mi padre era perfecto"; era un presidente, un político, un militar, que tenía luces y sombras, y que en su ambiente familiar fue un padre didáctico, noble, cariñoso, dulce, y que además sabía mandar. Él te miraba y con su mirada ya sabías perfectamente lo que tenías que hacer; no le hacía falta levantar la voz ni hacer un gesto con las manos ni nada por el estilo. Tranquilamente una mirada, y todo el mundo en paz.

P. Usted describe una infancia feliz hasta la noche que tiene que abandonar Cuba. A partir de entonces, está muy bien descrito, fue una conmoción para un niño de 11 años recibir ataques que no sabía interpretar muy bien. El desgarro se refleja muy bien en esta frase: "Debemos recordar que por entonces no nos hablaba la gente". ¿Hasta cuándo tuvo esta sensación en el exilio?

R. Bastante, bastante tiempo. En la confusión de lo que fue aquella salida de Cuba, que mi padre había planificado dos o tres días antes pero que muy poca gente sabía, la gente se volcó en nuestra contra, y mucha gente que era partidaria nuestra o amigos nuestros, incluso muy allegados, nos volvieron la espalda. Los que antes, como buenos amigos, daban un banquete o un homenaje a mi padre, se encontraban después con mi madre en el ascensor de un hotel de Nueva York y no la saludaban. Esa angustia perduró conmigo en mi tardía adolescencia y en mi juventud, durante muchísimos años. Al cabo de aproximadamente diez años de la salida de Cuba, la cosa empezó a suavizarse y la gente nos trataba de otra forma. Por ejemplo, cuando llegamos a España, en los años sesenta, aunque yo sufrí mucho, podíamos tener una vida más aceptable. Pero es que es una herida que nunca cicatrizó y seguirá ahí hasta que me muera.

Los que antes, como buenos amigos, daban un banquete o un homenaje a mi padre, se encontraban después con mi madre en el ascensor de un hotel de Nueva York y no la saludaban

P. El trauma afectó a su vida más íntima. Exponer esa fragilidad masculina de la manera en que lo hace en el libro no es propio de los hombres, en general.

R. Para mí es muy doloroso tener que verbalizar eso a lo que se refiere usted. Mejor me remito a Hijo de Batista, que ahí está bien descrito.

P. Volviendo a su vida de Madrid, chocará a la gente que incluso en la España franquista usted sufría por encontrar hostilidad hacia su apellido, sobre todo en la universidad, donde incluso evitaba a ciertos profesores simpatizantes con el comunismo.

R. Yo no era un estudiante normal y corriente: yo llevaba un apellido político además falseado, muy llevado y traído, expuesto a toda clase de mentiras. También tengo que decir que en la Facultad de Derecho [de la Universidad Complutense] hice grandes amigos, y antes, en el Preuniversitario también, y ellos tenían la sensibilidad y el respeto de no tocar el tema de Cuba. Porque cualquier acento cubano por la calle, cualquier pregunta sobre la Isla, me lanzaba a un estado de ánimo y físico que incluso a veces me hacía temblar. Por lo demás, tengo muchas anécdotas de esa época. Una muy curiosa que nadie sabe y no incluí en el libro es que por estar de mirones en una protesta universitaria, en el segundo año de carrera, un amigo y yo acabamos detenidos por los grises (la policía franquista) y estuvimos en los calabozos de la Puerta del Sol.

P. ¿Y cómo salieron de ahí?

R. Da la casualidad que mi amigo tenía en aquel entonces familiares que eran cercanos a la cúpula ministerial –lo estoy diciendo lo mejor posible para no comprometer a nadie–, que se personaron y nos sacaron pasada la medianoche. Llevábamos desde la una de la tarde.

Fue muy doloroso para él pensar que ese país, que podía acoger a tanta gente de ideología contraria a la democracia americana, no le concediera el respeto que se merecía

P. Otra anécdota simpática es que usted tuvo que renunciar a su nacionalidad estadounidense para evitar ir a Vietnam, en 1966.

R. De simpática no tuvo un pelo. Para mí fue muy doloroso. Después de eso fui apátrida durante muchos años, algo que te diferencia del común de los mortales.

P. ¿Cuántos años estuvo en esa condición?

R. Hasta el año 75, cuando adquirí la nacionalidad cubana por breves años. Luego, me hice ciudadano español en el 85.

P. Se suele decir "Fulgencio Batista fue títere de Estados Unidos", pero él se murió sin que Estados Unidos le concediera un visado.

R. Una persona que fue recibida por el presidente Roosevelt, no una vez, sino dos veces, en el 38 y en el 42, y que a lo largo de toda su trayectoria política, se puso al lado de Estados Unidos, sin permitir, eso sí, que tuvieran injerencia en Cuba... Fue muy doloroso para él pensar que ese país, que podía acoger a tanta gente de ideología contraria a la democracia americana, no le concediera el respeto que se merecía.

P. ¿Qué tendría que hacer el exilio para ayudar a que en Cuba haya democracia?

R. Usted me plantea una pregunta política y yo no soy un politólogo, aunque trato con todas mis fuerzas de seguir la actualidad cubana lo más frecuentemente posible. Ya se sabe que el exilio hoy no es el exilio del año 59 ni de los años 70, ni de los 80 ni de los 90. Es un exilio muy diferente, con tendencias muy encontradas, y no veo yo que sea una fuerza política lo suficientemente importante como para lograr un cambio en Cuba.

Yo creo en las nuevas generaciones cubanas, y espero que los que han quedado después de este congreso "geriátrico", como bien lo llamó Yoani Sánchez, tengan valor suficiente para llevar a Cuba a una reforma

Yo creo en las nuevas generaciones cubanas, y espero que los que han quedado después de este congreso "geriátrico", como bien lo llamó Yoani Sánchez, tengan valor suficiente para llevar a Cuba a una reforma. Las nuevas generaciones se han enfrentado con valentía al poder, y el poder no les hace ningún caso, pero por lo menos no han tenido más remedio que oírlos.

P. Se refiere al Movimiento San Isidro, al 27N...

R. Claro, claro. Tengo una gran fe en las nuevas generaciones, y creo que el Movimiento San Isidro es muy importante, igual que la Unión Patriótica de Cuba, con sus huelgas de hambre. Todos merecen mis máximos respetos, mi simpatía y mi apoyo por la gran labor heroica que están haciendo.

P. ¿Por qué el comunismo sigue siendo respetado?

R. Eso se lo creen los tontos. Después de ver el horror de Cuba, 62 años de una dictadura totalitaria, represiva y cruel, más los bolcheviques bolivarianos de Maduro, ¿quién puede creer que el comunismo puede ser algo beneficioso para un país? Si lo único que trae es miseria y poco respeto hacia los demás. Por mucho que camuflen las cosas, a la hora de la verdad son regímenes llamados al fracaso más absoluto.

P. ¿Volvería usted a Cuba?

R. Únicamente cuando llegue el momento en que se respeten los derechos humanos y haya una Constitución liberal basada en principios democráticos, con su separación de poderes, en ejecutivo, legislativo y judicial. Si hay garantías para volver, yo volvería con muchísimo gusto. Estoy deseando hacerlo, y mis hijos también.

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